Soñando contigo
Hoy he tenido un sueño. Un gran sueño. Estaba tumbada en una playa llena de palmeras y con arena finísima y con tumbonas blancas, despacio, me levantaba y con paso ligero me dirigía al agua, un mar de aguas cristalinas, de esas que salen en las postales y catálogos de viajes. Al salir, ¡sorpresa! un hombre alto, moreno, fuerte, alto, con un buen cuerpo aunque no de esos adictos al gimnasio, y sobre todo, con una sonrisa de esas que desarman, me estaba esperando. Me dio una toalla blanca y juntos, de la mano, nos dirigimos a una hamaca para tomar un batido o un combinado de fuertes colores. Hablamos de lo bonito que era el paisaje, de lo bien que lo estábamos pasando, de las actividades que haríamos en la isla y también de nuestros sentimientos. La conversación era larga –el sol empezó a desaparecer-, pero sobre todo me gustaba porque era fluida y natural, y reinaba una gran complicidad. Llegó un momento en el que el mundo pareció parase. Ni las olas, ni la música de un lejano hotel, ni la conversación de la pareja de al lado, ni… nada, todo en silencio. Solo nosotros. Como suele pasar en estos casos el despertador suena y yo me despierto de un salto. Madrid, las 7.30 hrs., calor, lunes, trabajo. Tú no sé donde estás, tal vez solo en mi mente, pero tengo la confianza de que finalmente te encontraré. Al final de este largo camino estará tu sonrisa. Mientras soñaré contigo.
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